¿La COVID-19 no afecta a los niños? Revisión de la evidencia médica disponible

La afirmación de que la COVID-19 es una enfermedad leve o irrelevante en los niños choca con una evidencia científica que describe un impacto real, aunque menos frecuente, en la población pediátrica.

LO QUE DEBES SABER SI TIENES POCO TIEMPO
  • La evidencia científica muestra que, aunque la COVID-19 suele ser leve en la infancia, existe un riesgo real de complicaciones, hospitalización y secuelas en una parte de los niños.
  • Los datos internacionales y nacionales desmienten que solo los menores con enfermedades previas estén en riesgo y documentan impactos como MIS-C y COVID persistente.
  • La comparación entre infección y vacunación indica de forma consistente que la prevención reduce de manera significativa la probabilidad de desenlaces graves en población pediátrica.
¿Qué hay de cierto en que la COVID-19 es leve o no afecta a los niños?

Desde el inicio de la pandemia, una de las afirmaciones que más se ha repetido en redes sociales y en determinados entornos digitales es que la COVID-19 “es leve” en la infancia o que, directamente, “no afecta” de forma relevante a los niños. Estos mensajes suelen apoyarse en la idea de que la mayoría de los menores cursan la infección con síntomas leves o incluso sin manifestaciones clínicas evidentes, lo que ha llevado a una percepción pública de riesgo muy reducido en este grupo de población.

Sin embargo, reducir el impacto de la COVID-19 en la infancia a la ausencia de cuadros graves en la mayoría de los casos supone una simplificación que no se ajusta al conjunto de la evidencia científica disponible. A lo largo de los últimos años, numerosos estudios epidemiológicos y clínicos han documentado que, aunque la enfermedad suele ser menos severa en niños que en adultos, la infección por SARS-CoV-2 sí puede provocar complicaciones relevantes, hospitalizaciones e incluso consecuencias a medio y largo plazo en una parte de los menores afectados.

Este contraste entre el discurso dominante en redes sociales y los datos procedentes de la investigación médica es el punto de partida de esta verificación. A continuación, revisamos qué dicen realmente los estudios científicos sobre el impacto de la COVID-19 en niños y adolescentes, y hasta qué punto es correcto afirmar que se trata de una enfermedad “leve” o irrelevante en la población pediátrica.

La COVID-19 en la infancia: un riesgo bajo, pero no inexistente

La idea de que la COVID-19 es siempre leve en la población infantil se ha extendido con fuerza en redes sociales, pero no refleja con precisión lo que muestran los datos epidemiológicos. Es cierto que, en promedio, los niños presentan menos complicaciones que los adultos. Sin embargo, eso no equivale a ausencia de riesgo. Durante los primeros años de la pandemia, la COVID-19 llegó a situarse entre las diez principales causas de muerte en la población pediátrica de Estados Unidos, según análisis de mortalidad publicados por los Centers for Disease Control and Prevention (CDC). Aunque el número absoluto de casos graves es reducido, existe un porcentaje de menores que desarrolla enfermedad moderada o severa. En términos clínicos, el riesgo nunca es nulo.

Este impacto es especialmente relevante en los lactantes menores de seis meses, un grupo que, además, no puede recibir la vacuna y presenta una vulnerabilidad mayor frente a la infección. Diversos estudios clínicos han documentado en esta franja de edad un aumento del riesgo de complicaciones graves asociadas a la COVID-19, incluyendo hospitalizaciones y muerte.

Los datos provisionales de los CDC confirman esta realidad reciente. Entre septiembre de 2023 y agosto de 2024 se registraron al menos 152 muertes infantiles atribuibles a la COVID-19 en Estados Unidos. Además, aproximadamente el 40% de los niños hospitalizados durante ese periodo no presentaba enfermedades previas, un dato que cuestiona la percepción de que solo los menores con patologías crónicas corren peligro.

A estas cifras se suman complicaciones bien documentadas en la literatura científica, como el síndrome inflamatorio multisistémico pediátrico (MIS-C), una respuesta inmunitaria grave que puede requerir ingreso en unidades de cuidados intensivos. También se han descrito secuelas a medio y largo plazo, agrupadas bajo el término “COVID persistente” o long COVID, incluso en niños que inicialmente cursaron la infección con síntomas leves.

En España, los datos disponibles también reflejan que la COVID-19 ha tenido impacto en la población infantil, aunque con cifras de mortalidad y tasas de letalidad bajas en comparación con otros grupos etarios. Un análisis crítico de la evidencia pediátrica publicado en Anales de Pediatría indica que la tasa de mortalidad por COVID-19 en menores de 14 años en España se situó en aproximadamente 0,042 por cada 100 000 habitantes en los primeros años de la pandemia, con una letalidad por caso muy reducida, en torno al 0,0094 % en este grupo de edad. Además, estudios científicos han documentado la aparición de casos de síndrome inflamatorio multisistémico en niños (MIS-C) asociados a SARS-CoV-2 en diferentes regiones españolas, requiriendo en algunos casos atención en unidades de cuidados intensivos pediátricos. Investigaciones específicas en Cataluña han descrito la epidemiología y características clínicas de MIS-C en menores de 18 años, subrayando que, aunque es una complicación poco frecuente, puede ser grave. Respecto a la mortalidad global en España, los informes del Instituto Nacional de Estadística muestran que la COVID-19 continuó siendo una causa de fallecimiento significativa en años recientes, aunque con una tendencia de descenso en la mortalidad general a medida que evolucionaba la pandemia.

Una revisión de la evidencia elaborada por el Grupo de Pediatría Basada en la Evidencia de la Asociación Española de Pediatría y actualizada en 2022, concluyó que la edad inferior a 6 meses constituye uno de los principales factores de riesgo de evolución grave, con una probabilidad más del doble de presentar un curso clínico complicado. El informe identifica además un mayor riesgo de mal pronóstico en menores con patologías neurológicas previas y obesidad, así como en aquellos que desarrollan el síndrome inflamatorio multisistémico pediátrico. En las series analizadas, alrededor del 11,6 % de los niños hospitalizados por COVID-19 precisó ingreso en unidades de cuidados intensivos, y entre el 2,5 % y el 5 % presentó complicaciones neurológicas graves, como encefalitis o eventos cerebrovasculares. La misma revisión recoge también evidencia creciente sobre síntomas persistentes tras la infección aguda —fatiga, intolerancia al ejercicio o trastornos del sueño— descritos en seguimientos clínicos, incluso en menores que inicialmente habían cursado cuadros leves, lo que refuerza la idea de que el impacto de la COVID-19 en la infancia, aunque menos frecuente, no es clínicamente irrelevante.

Vacunación pediátrica: balance entre riesgos y beneficios

Frente a los riesgos asociados a la infección, la evidencia disponible indica que los efectos adversos graves tras la vacunación en la infancia son poco frecuentes. Los eventos más estudiados han sido la miocarditis y la pericarditis, identificados principalmente en varones adolescentes tras la segunda dosis de vacunas de ARNm. No obstante, los sistemas de vigilancia farmacológica muestran que la incidencia es baja y que, en la mayoría de los casos, la evolución clínica es leve y favorable.

Durante las campañas de vacunación entre 2022 y 2025, programas de seguimiento en Estados Unidos como el Vaccine Safety Datalink y el sistema VAERS (Vaccine Adverse Event Reporting System) no detectaron incrementos significativos de riesgo en menores de cinco años. Tampoco se observó una mayor frecuencia de eventos neurológicos graves, como encefalitis, accidentes cerebrovasculares o parálisis facial, en comparación con la población no vacunada.

La comparación directa entre los riesgos de la vacuna y los de la infección ha sido objeto de múltiples estudios recientes. Investigaciones publicadas en revistas como Annals of Internal Medicine y eClinicalMedicine coinciden en que la COVID-19 representa un peligro claramente superior al de la inmunización en niños y adolescentes. Estos trabajos muestran que la vacunación reduce de forma significativa la probabilidad de hospitalización, ingreso en unidades de cuidados intensivos y desarrollo de COVID persistente.

Uno de estos estudios, realizado entre 2021 y 2023 en cuatro estados de Estados Unidos, analizó la evolución de miles de menores tras la infección. Sus resultados indican que los niños vacunados presentaron menos probabilidades de desarrollar síntomas prolongados, especialmente de tipo respiratorio. Entre quienes desarrollaron long COVID, aproximadamente el 68% mostró afectación respiratoria persistente. Aunque los casos graves son infrecuentes, la literatura médica ha descrito complicaciones potenciales como embolia pulmonar aguda, miocarditis, miocardiopatía, insuficiencia renal o incluso debut de diabetes tipo 1 tras la infección.

El mismo trabajo concluye que la vacunación no solo disminuye el riesgo de contagio, sino que también mejora la respuesta inmunitaria en caso de infección, reduciendo la intensidad y la duración de los síntomas. Incluso en menores con infección previa, la inmunización se asoció a una reducción del 73% en el riesgo de presentar síntomas múltiples persistentes. En conjunto, los autores subrayan que, aunque la mayoría de los casos pediátricos de COVID-19 son leves, la vacunación constituye la estrategia más eficaz para prevenir complicaciones, incluida la COVID persistente, en la población infantil.

A la luz de la evidencia científica disponible, la afirmación de que la COVID-19 es una enfermedad “leve” o irrelevante para los niños no se sostiene de forma rigurosa. Aunque la mayoría de los casos pediátricos cursan sin complicaciones graves, los datos epidemiológicos y clínicos muestran que existe un riesgo real de hospitalización, secuelas y, en un número limitado pero significativo de casos, desenlaces graves. La documentación acumulada por organismos como los CDC y por estudios publicados en revistas médicas de referencia confirma que la infección por SARS-CoV-2 puede tener consecuencias relevantes también en la infancia. Del mismo modo, la comparación entre los riesgos asociados a la enfermedad y los de la vacunación indica de forma consistente que la prevención reduce de manera sustancial la probabilidad de complicaciones. En conjunto, la evidencia desmonta la idea de que la COVID-19 “no afecta” a los niños y sitúa el debate en un marco basado en datos verificables y no en percepciones simplificadas.

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