Un estudio presentado por Aaron Siri en el Senado de EE.UU. sobre vacunas infantiles presenta fallos metodológicos graves, según expertos y la propia institución que lo elaboró

El estudio presuntamente "ocultado" sobre vacunas infantiles presentado en el Senado de Estados Unidos fue en realidad rechazado por Henry Ford Health por fallos graves y carece de validación científica.

LO QUE SE AFIRMA

El estudio de Henry Ford demuestra que las vacunas causan enfermedades crónicas en los niños, pero fue ocultado para proteger intereses.

LO QUE SABEMOS HASTA AHORA

Falso El estudio nunca fue publicado porque no cumplía los estándares científicos de Henry Ford Health y presenta múltiples fallos metodológicos, según expertos y la propia institución.

Un estudio no publicado presentado en el Senado de EE.UU. sobre vacunas infantiles presenta fallos metodológicos graves

Durante una reciente audiencia en el Senado de Estados Unidos, el abogado Aaron Siri presentó como «prueba silenciada» un estudio no publicado del sistema de salud Henry Ford que supuestamente mostraba un mayor riesgo de enfermedades crónicas en niños vacunados frente a los no vacunados. En su testimonio ante el Senado, Siri afirmó que el estudio de Henry Ford fue “bien diseñado, ejecutado y digno de publicación”  y que fue realizado en Henry Ford Health, una institución con “33,000 miembros del equipo y más de 250 ubicaciones”. Además, afirmó que “no fue enviado para publicación precisamente porque encontró el resultado opuesto” , mostrando que los niños vacunados en el estudio sufrían tasas significativamente más altas de varias afecciones crónicas en comparación con los niños no vacunados. Según Siri, el estudio “finalmente proporcionó cifras concretas sobre las tasas a las que las vacunas infantiles podrían estar causando estos daños” y concluyó que, “si este estudio, y otros similares, se hubieran realizado y publicado en revistas médicas, se habría dado el primer paso científico necesario para proteger a los niños de lesiones por vacunas”. Sin embargo, ni los datos ni la metodología del estudio han pasado por revisión científica, y la institución que lo produjo lo rechazó internamente por contener errores significativos.

El estudio, dirigido por el doctor Marcus Zervos dentro del Henry Ford Health System y finalizado en 2020, nunca fue publicado ni compartido como preprint. Hasta hace unos días, la única fuente disponible eran los testimonios en la audiencia y materiales promocionales vinculados a un documental producido por la organización Informed Consent Action Network (ICAN), para la que Siri actúa como abogado. Según la periodista Lauren Weber, del Washington Post, Henry Ford Health aclaró que “una revisión inicial del borrador reveló preocupaciones inmediatas y significativas debido a graves fallos en los datos” y que “este informe no fue publicado porque no se acercaba siquiera a cumplir los rigurosos estándares científicos que exigimos”.

Weber también informó que la institución “no fue informada de que este borrador, rechazado hace tiempo y sin validar, estaba siendo discutido ni sabía que había sido compartido”. Según el portavoz, el centro tampoco tuvo oportunidad de participar o testificar ante el Congreso.

Grupos no comparables y seguimiento desigual

La cohorte del estudio incluye a 18.468 niños nacidos entre 2000 y 2016, de los cuales 1.957 no recibieron ninguna vacuna y 16.511 recibieron al menos una. El propio informe muestra importantes diferencias demográficas entre ambos grupos desde el nacimiento. Según el profesor de bioestadística Jeffrey S. Morris, de la Universidad de Pensilvania, “cada característica de la tabla basal difiere con una significancia estadística (P < 0.0001): sexo, raza, peso al nacer, prematuridad, dificultad respiratoria al nacer y trauma en el parto”. Estas diferencias pueden estar asociadas a factores sociales, ambientales o médicos que no se controlaron adecuadamente en el análisis.

Además, el tiempo de seguimiento fue mucho menor en el grupo no vacunado. Mientras que los niños vacunados fueron observados una mediana de 2,7 años, los no vacunados solo fueron seguidos durante 1,2 años. Un 25% de estos últimos solo fueron observados durante seis meses y un 75% hasta los tres años, edades en las que muchas enfermedades crónicas infantiles aún no se diagnostican. “Este breve seguimiento limita severamente la capacidad del estudio para evaluar si la exposición a vacunas aumenta el riesgo de enfermedades crónicas”, señaló Morris en un análisis publicado en su cuenta de X.

También hay diferencias en el número de visitas médicas: los niños vacunados tuvieron en promedio más del triple de consultas anuales que los no vacunados (alrededor de 7 frente a 2), lo que influyó directamente en la cantidad de diagnósticos registrados. El propio Siri sostuvo en la audiencia que esto fue corregido con análisis de sensibilidad, pero no presentó públicamente los datos ni los métodos utilizados.

Sesgo de detección y edad al diagnóstico

El sesgo de detección ocurre cuando un grupo de personas recibe más atención médica o es evaluado con mayor frecuencia que otro, lo que incrementa las probabilidades de que se le diagnostiquen enfermedades, no porque realmente estén más enfermos, sino porque se les observa más de cerca. En epidemiología, consiste en la desviación sistemática existente entre el valor medido de una variable y su valor real debido a que se eligen como sujetos de estudio aquellos que tienen mayor probabilidad de desarrollar un determinado efecto. Uno de los hallazgos más llamativos del estudio fue que no se registraron casos de TDAH, diabetes, discapacidades de aprendizaje, ni trastornos psicológicos entre los no vacunados. Para Morris, esto no es estadísticamente plausible, ya que estas patologías suelen diagnosticarse a partir de los 4 o 5 años, y muchos niños no vacunados ni siquiera llegaron a esa edad dentro del seguimiento del estudio. Este sesgo por diferencia de edad al diagnóstico se agrava con el diseño actual, que no iguala los grupos por año de nacimiento ni alinea el seguimiento.

De acuerdo al único médico presente en la audiencia, Jake Scott, profesor clínico de enfermedades infecciosas en Stanford, “en los datos de Henry Ford, los niños vacunados tuvieron sustancialmente más visitas al centro de salud que los niños no vacunados. Las afecciones que requieren evaluación clínica para su diagnóstico (TDAH, trastornos del aprendizaje, retrasos en el habla, infecciones de oído) inevitablemente se registrarán con mayor frecuencia en el grupo de atención frecuente. Sin embargo, los autores nunca corrigen esta brecha. Su única verificación fue descartar a los niños que nunca tuvieron un solo encuentro con un profesional de la salud, lo que aún deja a un grupo con un promedio de siete visitas al año y al otro con un promedio de dos. Esto no nivela el campo de juego; simplemente incorpora el sesgo en los resultados. Lo que están midiendo es la exposición a la observación médica, no los efectos de las vacunas”.

En su análisis, Morris propuso una alternativa metodológica: emparejar a los niños vacunados y no vacunados por fecha de nacimiento y otras variables, y truncar el seguimiento al mismo periodo para cada par. Esto permitiría eliminar “el importante sesgo de tiempo/edad de seguimiento presente en el diseño actual”.

Falta de revisión y ausencia de datos públicos

Ni el manuscrito del estudio ni sus datos fueron publicados. Y hasta hace unas horas, los únicos resultados disponibles provenían de gráficas presentadas en la audiencia y materiales de difusión vinculados al documental. La falta de revisión por pares impide validar los métodos estadísticos o verificar los análisis realizados.

En este sentido, Jake Scott señaló que “el estudio está fundamentalmente viciado” y que “lo que realmente mide no es la salud de los niños, sino su nivel de interacción con el sistema médico”. Y en un artículo publicado en Stat News añadió: “Presentar un análisis inédito y metodológicamente defectuoso en el Senado tiene consecuencias reales. La ironía es sorprendente: testigos que afirman que la ciencia de las vacunas ha sido corrompida presentan como prueba un estudio con un sesgo de detección tan fundamental que cualquier estudiante de epidemiología lo detectaría”.

Los efectos adversos reales de las vacunas sí existen y los sistemas de vigilancia son capaces de detectarlos con precisión. Por ejemplo, la anafilaxia ocurre en aproximadamente 1,3 casos por cada millón de dosis administradas, mientras que las convulsiones febriles tras la vacuna triple vírica se presentan en torno a 333 casos por millón de dosis. Estos sistemas están diseñados para identificar señales de eventos adversos reales y distinguirlas de coincidencias estadísticas, y en ese sentido, cumplen eficazmente su función.

Como recuerdan los expertos, la salud infantil evoluciona con el tiempo, pero esas transformaciones responden a factores reales, no a teorías conspirativas. En Estados Unidos, por ejemplo, los diagnósticos de TDAH crecieron un 42% entre 2003 y 2011, según datos de los CDC publicados en la Journal of the American Academy of Child & Adolescent Psychiatry. Este incremento se ha relacionado principalmente con una ampliación en los criterios diagnósticos, un mejor acceso a evaluaciones clínicas y diversos factores sociales, sin que las vacunas hayan tenido un papel en ese aumento.

Cuando se realizan estudios comparativos bien diseñados entre niños vacunados y no vacunados, los resultados distan mucho de los presentados en el análisis de Henry Ford. En 2013, una investigación publicada en The Journal of Pediatrics examinó cuántos antígenos reciben los niños a través de las vacunas durante sus primeros dos años de vida. El estudio concluyó que no existe relación entre esa exposición inmunológica y la probabilidad de desarrollar un trastorno del espectro autista. Los datos refutan la idea de que una mayor carga antigénica en la infancia pueda estar vinculada a este tipo de diagnóstico. Una revisión sistemática publicada en Vaccine en 2014, que incluyó a más de 1,25 millones de niños, no encontró ninguna relación entre las vacunas y el autismo. Estudios de registros sanitarios a nivel nacional en Dinamarca tampoco hallaron vínculos con autismo ni con diabetes tipo 1. Estas conclusiones fueron respaldadas por investigaciones adicionales publicadas en The Journal of Pediatrics. Asimismo, la encuesta de salud infantil KiGGS de Alemania, que evaluó a 13.453 menores —incluidos 94 completamente no vacunados—, no detectó diferencias significativas en enfermedades crónicas al aplicar una metodología rigurosa.

En julio, investigadores de Dinamarca publicaron un extenso estudio basado en datos de más de 1,2 millones de niños monitorizados a lo largo de más de 20 años con la finalidad de evaluar si existía alguna relación entre la vacunación y el desarrollo de 50 enfermedades crónicas diferentes. Los hallazgos, difundidos en la revista Annals of Internal Medicine, fueron contundentes. No se encontró ningún vínculo entre la exposición acumulada a vacunas que contienen adyuvantes de aluminio y un mayor riesgo de trastornos del neurodesarrollo, alergias o enfermedades autoinmunes.

Conclusión

El estudio de Henry Ford fue desestimado por la propia institución que lo elaboró debido a fallos metodológicos severos y nunca fue revisado por expertos externos ni publicado formalmente. La presentación del documento como “evidencia concluyente” en una audiencia del Senado de Estados Unidos se basa en un análisis no validado, con sesgos de selección, diferencias demográficas, desigual seguimiento y un diseño que impide establecer relaciones causales. La mayoría de los resultados del estudio pueden explicarse por diferencias en el acceso al sistema de salud y en la edad de diagnóstico, no por los efectos biológicos de las vacunas.

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