¿Es cierto que la COVID-19 no representa un riesgo mayor para las embarazadas y sus bebés?

La evidencia científica acumulada a lo largo de la pandemia confirma que las embarazadas tienen mayor riesgo de complicaciones graves por COVID-19.

¿Es cierto que la COVID-19 no representa un riesgo mayor para las embarazadas y sus bebés?

Desde el inicio de la pandemia, la relación entre la COVID-19 y el embarazo ha sido un terreno especialmente fértil para la confusión y la desinformación. En redes sociales y canales alternativos de difusión se han repetido mensajes que minimizan el impacto del SARS-CoV-2 en las mujeres gestantes, llegando incluso a afirmar que no existe un riesgo añadido ni para la madre ni para el bebé. Este trabajo parte precisamente de ese contraste: frente a un discurso que resta importancia al problema, la evidencia científica internacional —revisada y contrastada en decenas de estudios— dibuja un escenario muy distinto, en el que la infección durante la gestación se asocia de forma clara a un aumento de complicaciones maternas y perinatales.

Desde muy pronto quedó claro que la COVID-19 no afectaba a todas las personas por igual. En el caso del embarazo, la infección por SARS-CoV-2 se asoció rápidamente a un perfil de riesgo más elevado que en la población general, con una mayor frecuencia de cuadros graves que requieren ingreso hospitalario, soporte respiratorio avanzado y cuidados intensivos. Con el paso del tiempo, los datos han sido contundentes: las mujeres gestantes tienen hasta cinco veces más probabilidades de acabar en una UCI y un riesgo de muerte por complicaciones relacionadas con la COVID-19 que puede multiplicarse por más de veinte.

El impacto no se limita a la salud materna. La evidencia científica también muestra un aumento significativo de los problemas obstétricos y neonatales asociados a la infección durante la gestación. Entre ellos destacan la mayor incidencia de preeclampsia, el adelanto del parto, el bajo peso al nacer y, en los escenarios más graves, la pérdida fetal o el fallecimiento del recién nacido. En conjunto, estos hallazgos dibujan un panorama claro: la COVID-19 supone una amenaza real y bien documentada para las mujeres embarazadas y para la evolución del embarazo.

La solidez de estas conclusiones no se apoya en un único trabajo, sino en una amplia base de evidencia internacional. Decenas de investigaciones realizadas en distintos países han llegado a una misma conclusión: los cuadros más severos de COVID-19 en el embarazo se concentran, de forma abrumadora, en mujeres que no habían recibido la vacuna. Uno de los análisis de mayor alcance publicados en los últimos años lo ilustra con claridad. Según sus resultados, nueve de cada diez gestantes hospitalizadas por complicaciones de la COVID-19 no estaban vacunadas, y casi la totalidad de los ingresos en unidades de cuidados intensivos correspondían igualmente a este grupo. En otras palabras, la ausencia de vacunación aparece de manera consistente como el principal factor asociado a los desenlaces más graves durante la gestación.

A pesar de la claridad con la que la evidencia describe los riesgos de la infección, la vacunación en el embarazo sigue rodeada de recelos en una parte de la población. Esa desconfianza, sin embargo, contrasta con lo que muestran los datos científicos acumulados en los últimos años. Los estudios de mayor calidad metodológica, incluidos amplios metaanálisis internacionales, coinciden en un punto clave: recibir la vacuna frente a la COVID-19 durante la gestación no incrementa la probabilidad de aborto espontáneo ni de complicaciones maternas o fetales.

Tampoco se han identificado efectos adversos relevantes en el momento del parto o en el periodo inmediato posterior. Las investigaciones no han encontrado un aumento de hemorragias posparto, de desprendimientos prematuros de placenta ni de ingresos en unidades neonatales asociados a la vacunación.

Lejos de asociarse a efectos negativos, la evidencia disponible sugiere que la vacunación durante el embarazo se relaciona con resultados perinatales más favorables. Diversos estudios han observado una disminución del riesgo de muerte fetal en mujeres vacunadas, así como mejores puntuaciones en el test de Apgar, un indicador clave del bienestar neonatal.

Algunas investigaciones han ido un paso más allá y han descrito, además, mejores valores en el test de Apgar inmediatamente tras el parto. Este instrumento, utilizado de forma rutinaria para evaluar la adaptación del recién nacido a la vida extrauterina, mostró puntuaciones más altas en bebés de madres vacunadas, lo que refuerza la idea de un posible efecto protector de la inmunización en las primeras etapas de la vida.

Otro de los avances más significativos ha sido comprobar que la protección que ofrece la vacuna no se queda solo en la madre. De hecho, investigaciones recientes han puesto de manifiesto que los bebés de mujeres vacunadas durante el embarazo nacen con defensas frente al SARS-CoV-2 ya activas. En la sangre del cordón umbilical se han detectado anticuerpos IgG específicos, sobre todo cuando la vacunación se realizó durante el tercer trimestre.

Este fenómeno se explica por un mecanismo bien conocido en inmunología materno-fetal: los anticuerpos generados por la madre atraviesan la placenta y llegan al feto, proporcionándole una forma de inmunidad pasiva desde el mismo momento del nacimiento. Así, la vacunación durante el embarazo no solo protege a la gestante frente a las formas graves de la enfermedad, sino que también contribuye a reforzar la defensa del recién nacido en sus primeras semanas de vida.

La utilidad de esta transferencia de defensas va mucho más allá de una medición puntual en el laboratorio. Los estudios han demostrado que los anticuerpos maternos no desaparecen de inmediato tras el parto, sino que pueden mantenerse en el organismo del bebé durante varios meses. En un estudio, el 57% de los bebés nacidos de madres vacunadas seguían presentando niveles detectables de anticuerpos a los seis meses de vida.

Y lo más relevante es que esa inmunidad pasiva tiene un impacto clínico real. Datos publicados por los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades en su boletín epidemiológico oficial mostraron que los lactantes menores de seis meses cuyas madres habían recibido una vacuna de ARNm durante el embarazo presentaban un 61% menos de riesgo de ser hospitalizados por COVID-19. Es decir, la protección transferida no solo existe, sino que se traduce en una reducción tangible de las formas graves de la enfermedad en los primeros meses de vida.

Un análisis más específico realizado en Ontario permitió cuantificar con mayor precisión este efecto protector. Los datos mostraron que cuando la madre había recibido dos dosis de la vacuna durante el embarazo, la eficacia frente a la hospitalización del bebé por COVID-19 alcanzaba el 97% en el caso de la variante Delta. Con la llegada de Ómicron, más evasiva desde el punto de vista inmunológico, esa protección descendía, pero seguía siendo relevante, situándose en torno al 53%. El estudio también aportó un matiz clave sobre el factor tiempo. Aunque la inmunidad transferida tiende a disminuir progresivamente, su impacto es máximo en las primeras semanas tras el nacimiento: durante los primeros dos meses de vida, la reducción del riesgo de hospitalización era especialmente marcada, confirmando que la vacunación en la gestación ofrece un escudo decisivo en el periodo más vulnerable del lactante.

A medida que se acumulan pruebas sobre los beneficios para el bebé, también se refuerza una idea central: la vacunación sigue siendo una herramienta clave para proteger la salud de la mujer embarazada. Durante la gestación, el sistema inmunitario atraviesa cambios fisiológicos que pueden hacer que una infección por SARS-CoV-2 evolucione de forma más grave. Frente a este escenario, los estudios muestran de manera consistente que la vacuna reduce de forma notable la probabilidad de requerir oxígeno, soporte ventilatorio o ingreso en unidades de cuidados intensivos.

Con esta evidencia sobre la mesa, los organismos internacionales han afinado sus recomendaciones. La Organización Mundial de la Salud ha recomendado la administración de una dosis de refuerzo durante el embarazo cuando han transcurrido más de seis meses desde la última vacunación. La finalidad es clara: mantener un nivel de protección elevado en un momento especialmente sensible, asegurando beneficios tanto para la madre como para el recién nacido.

A partir del análisis de la literatura científica disponible, la afirmación de que la COVID-19 no representa un riesgo mayor para las mujeres embarazadas y sus bebés resulta incorrecta. La evidencia procedente de grandes estudios internacionales, metaanálisis y organismos de salud pública muestra de forma consistente un aumento de complicaciones maternas y perinatales asociado a la infección por SARS-CoV-2 durante la gestación, así como beneficios claros de la vacunación en términos de reducción de enfermedad grave y hospitalización. Por tanto, los datos revisados permiten concluir que minimizar estos riesgos no se ajusta al conocimiento científico actual.

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