RFK Jr. difunde afirmaciones erróneas sobre el autismo y sus causas: la prevalencia no prueba la existencia de una “epidemia de autismo”

LO QUE SE AFIRMA

El aumento del autismo es una epidemia causada por una toxina ambiental.

LO QUE SABEMOS HASTA AHORA

Falso. Los estudios muestran que el aumento en el diagnóstico del autismo se debe principalmente a cambios en los criterios diagnósticos, mayor concienciación y mejor acceso a servicios.

RFK Jr. difunde afirmaciones erróneas sobre el autismo y sus causas

Durante una rueda de prensa celebrada el pasado 16 de abril, el secretario de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos, Robert F. Kennedy Jr., declaró que el país atraviesa una “epidemia de autismo” provocada por una toxina ambiental. La afirmación fue ampliamente difundida en redes sociales, especialmente en X (como también podemos ver en este otro mensaje). Una de esas publicaciones llegó a alcanzar las 12 millones de visualizaciones.

Kennedy respaldó su declaración con datos del último informe de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), que muestran un aumento en la prevalencia de autismo en niños de 8 años: 1 de cada 31 en 2022, frente a 1 de cada 36 en 2020. Pero su interpretación de esos datos omite elementos clave del análisis científico y contradice el consenso de expertos en salud pública y neurodesarrollo.

Qué dice realmente el informe del CDC

El informe, publicado el 17 de abril de 2025, compila datos de 16 sitios del país donde se monitorea activamente el diagnóstico de trastornos del espectro autista (TEA) entre niños de 4 y 8 años. Según el documento, la prevalencia observada varía ampliamente entre regiones —desde 1 en 103 en Laredo (Texas) hasta 1 en 19 en el área de San Diego (California)—, y está influida por factores como el acceso a servicios diagnósticos, la formación de los pediatras y los recursos disponibles en cada comunidad.

Los autores del informe destacan que los cambios en las tasas de diagnóstico no pueden entenderse únicamente como un reflejo de un aumento real en los casos. Subrayan que el incremento está asociado a factores como la ampliación de los criterios diagnósticos, la mayor concienciación pública, la implementación del cribado universal en la atención pediátrica y la mejora del acceso a servicios, especialmente en comunidades antes desatendidas.

No hay prueba de una toxina ambiental como causa del autismo

Kennedy sostiene que un aumento tan pronunciado solo puede explicarse por una causa externa y sugiere la existencia de una “toxina ambiental” responsable. Sin embargo, no cita ninguna sustancia específica ni presenta evidencia que respalde esta afirmación.

Los estudios científicos disponibles no respaldan esta teoría. Si bien algunas investigaciones han explorado la posibilidad de que ciertos factores ambientales —como exposición prenatal a contaminantes o medicamentos como el valproato— puedan aumentar ligeramente el riesgo de autismo, estos casos son poco frecuentes y no explican el patrón general de aumento observado.

Además, gran parte de la investigación actual apunta a una fuerte influencia genética en la aparición del autismo, combinada con factores demográficos como la edad avanzada de los padres o el nacimiento prematuro, cuya incidencia también ha aumentado con el tiempo. Por ejemplo, se han detectado más de cien genes asociados al trastorno, muchos de los cuales se activan durante las primeras etapas del desarrollo fetal. Un estudio publicado en Nature en 2024 mostró que ciertas disrupciones en proteínas clave durante el embarazo podrían estar detrás de casos de autismo sin causa conocida, lo que refuerza la idea de un origen prenatal con fuerte componente genético.

Las comparaciones históricas son engañosas

Uno de los argumentos de Kennedy se basa en comparar los datos actuales con estudios de los años 60 y 70, como el realizado en Wisconsin en 1970, donde se reportó una tasa de menos de 1 caso por cada 10,000 niños. Según Kennedy, “el punto de referencia para el autismo en este país se estableció con el estudio epidemiológico más grande de la historia, un estudio de los 900.000 niños del estado de Wisconsin, menores de 12 años”. Y siguió: “Encontraron que 0.7 niños tenían autismo por cada 10,000. Eso es menos de 1 por cada 10,000. Hoy somos 1 por cada 31”.

Posteriormente, en una entrevista publicada en Fox News el 22 de abril de 2025, Kennedy afirmó que “todos los niños de Wisconsin fueron examinados”, pero es incorrecto. El estudio no examinó a todos los niños del estado. Lo que hicieron los autores fue revisar expedientes médicos recopilados entre 1962 y 1967 en distintos servicios clínicos para identificar los casos que habían recibido el diagnóstico de “autismo infantil temprano”, una categoría que hoy ya no se utiliza. A partir de esos registros, calcularon la tasa dividiendo los casos detectados entre la población total.

De hecho, el propio Kennedy también ha citado un estudio de 1987 realizado sobre niños en Dakota del Norte, afirmando que los investigadores “incluso realizaron evaluaciones en persona de toda la población de 180.000 niños menores de 18 años”. Pero, nuevamente, esta afirmación es falsa: los investigadores no entrevistaron a 180.000 niños, sino que recopilaron registros de niños con síntomas autistas identificados en el estado, y solo evaluaron personalmente a alrededor de 200 niños.

Kennedy mencionó además el Proyecto Nacional de Colaboración Perinatal, un estudio iniciado en 1959 que siguió a miles de embarazos en 14 centros médicos de Estados Unidos. Para 1965, los investigadores habían identificado 14 casos de autismo infantil. Según Kennedy, ese número demuestra que el trastorno era extremadamente raro en esa época. “No fue un análisis superficial basado en encuestas”, afirmó, y añadió que el autismo habría destacado como un cartel luminoso”.

Sin embargo, los expertos coinciden en que esas comparaciones son inapropiadas, ya que en esa época el conocimiento sobre el autismo era limitado y se aplicaban definiciones mucho más restrictivas. El propio CDC señala en su último informe que las tasas de prevalencia observadas no pueden compararse de forma directa entre distintos años, a lo largo del tiempo, ni deben interpretarse como un reflejo exacto de la situación nacional.

El consenso científico: un aumento multifactorial, no una epidemia

Aunque existe cierto debate sobre si una parte del aumento refleja un crecimiento real de los casos, no hay consenso que respalde la idea de una “epidemia” provocada por un agente tóxico. De hecho, varios estudios han demostrado que buena parte del incremento se debe a factores como el diagnóstico más temprano, la inclusión de casos más leves o la sustitución diagnóstica (por ejemplo, niños que antes eran diagnosticados con otros trastornos del desarrollo y ahora reciben un diagnóstico de TEA).

Un estudio publicado en JAMA Psychiatry subraya un aspecto clave para interpretar el aumento de diagnósticos: los niños identificados más recientemente suelen presentar síntomas más leves que en décadas anteriores. Esta tendencia indica que el espectro se ha ampliado con el tiempo para incluir casos que antes habrían pasado desapercibidos o no habrían recibido diagnóstico formal. En lugar de reflejar un aumento real en la incidencia del autismo, este patrón apunta a una evolución en la manera de conceptualizar y detectar el trastorno. Así, factores como el ajuste de los criterios diagnósticos, la expansión de los programas de detección temprana y una mayor sensibilidad clínica están detrás de buena parte del crecimiento observado. Esto cuestiona la idea de una causa ambiental oculta y sugiere que el llamado “aumento” responde más a cambios en los sistemas de salud y educación que a un repunte real en la aparición del autismo.

Incluso el propio informe del CDC señala que las diferencias en prevalencia entre regiones reflejan más las variaciones en la identificación y acceso al diagnóstico que una distribución real del trastorno.

Veredicto

La afirmación de Robert F. Kennedy Jr. de que el aumento en el diagnóstico de autismo se debe a una “toxina ambiental” y representa una “epidemia” no está respaldada por la evidencia científica disponible.

Los datos del CDC muestran un aumento en los diagnósticos, pero este se explica principalmente por factores sociales, médicos y demográficos. No existe ninguna toxina identificada como causa de este fenómeno. Por tanto, la afirmación es falsa.

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