Qué debemos saber sobre los cambios en el calendario de vacunación infantil de Estados Unidos

La actualización del calendario de vacunación infantil en Estados Unidos reorganiza qué inmunizaciones pasan a ser universales, cuáles quedan para grupos de riesgo y cuáles dependen de decisión clínica.

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  • Estados Unidos no ha retirado vacunas infantiles del sistema, pero sí ha reducido cuáles quedan recomendadas de forma universal para todos los niños.
  • Varias inmunizaciones pasan ahora a depender del riesgo individual o de la decisión compartida entre médicos y familias, lo que cambia su papel dentro de la prevención rutinaria.
  • La reforma ha generado una fuerte controversia científica y sanitaria, porque modifica un calendario consolidado durante décadas sin basarse en un nuevo hallazgo que cuestione la seguridad de esas vacunas.
Qué debemos saber sobre los cambios en el calendario de vacunación infantil de Estados Unidos

El Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos (HHS) anunció el 5 de enero de 2026 una profunda revisión del calendario infantil de vacunación de los CDC. La decisión se difundió a través de un comunicado oficial del Gobierno de Donald Trump y de documentos internos firmados por el director en funciones de los CDC, Jim O’Neill.

La medida ha sido presentada por la Administración como una “alineación” con otros países desarrollados, pero su alcance real va más allá de una simple reorganización técnica. Lo que cambia no es solo el orden del calendario: cambia también qué vacunas quedan recomendadas para todos los niños y cuáles pasan a depender del contexto clínico o de una conversación entre médicos y familias.

En la práctica, Estados Unidos mantiene como vacunación universal la protección frente a sarampión, paperas, rubéola, polio, tosferina, tétanos, difteria, Haemophilus influenzae tipo b, neumococo, varicela y virus del papiloma humano. En cambio, otras inmunizaciones que hasta ahora formaban parte de la recomendación rutinaria general —como hepatitis A, hepatitis B, rotavirus, gripe, algunas meningocócicas o COVID-19— dejan de estar recomendadas de forma sistemática para todos los menores y pasan a otras categorías.

El Gobierno estadounidense insiste en que ninguna vacuna desaparece del sistema y que todas seguirán cubiertas por seguros públicos y privados. Eso es correcto según el memorándum oficial. Pero también es cierto que dejar de ser una recomendación universal puede reducir su uso en la práctica clínica cotidiana, porque muchas de estas inmunizaciones dejarán de estar tan automatizadas en consulta como hasta ahora.

No se han retirado vacunas, pero sí cambia su estatus

Uno de los mensajes más repetidos en redes y en algunos artículos es que Estados Unidos “ha eliminado vacunas infantiles”. Esa formulación es imprecisa.

Lo que ha ocurrido es un cambio de categoría. Algunas vacunas dejan de figurar como recomendadas para todos los niños y pasan a ser para grupos de riesgo o bajo “decisión clínica compartida”. Es decir, siguen disponibles, pero su administración ya no parte del mismo nivel de recomendación poblacional que antes.

Ese cambio afecta especialmente a vacunas que en salud pública se habían incorporado precisamente para evitar que la protección dependiera del contexto familiar, del acceso a la atención primaria o de que un profesional detectara a tiempo cada situación de riesgo.

Ahí está, por ejemplo, el caso de la hepatitis B al nacimiento, una de las decisiones más discutidas. En Estados Unidos se había consolidado como una red de seguridad frente a cribados incompletos durante el embarazo o infecciones no detectadas a tiempo. Los documentos de la Administración justifican ahora su traslado fuera de la recomendación universal apelando a la comparación con otros países y a una menor percepción de riesgo general.

El Gobierno justifica el cambio comparándose con otros países

La revisión se apoya en una evaluación oficial que compara el calendario de Estados Unidos con el de 20 países desarrollados y concluye que EE. UU. era un “caso atípico” por el número de enfermedades cubiertas y por el volumen de dosis administradas. El modelo que más claramente inspira la reforma es el de Dinamarca, uno de los países con menos vacunas sistemáticas en la infancia dentro del grupo analizado.

Ese argumento existe en los documentos y es real. Pero también tiene límites.

Comparar calendarios entre países no equivale, por sí solo, a demostrar que un sistema sea mejor que otro. Los contextos epidemiológicos, los niveles de cobertura, la estructura sanitaria, la vigilancia de brotes o la accesibilidad a la atención pediátrica no son idénticos entre Dinamarca y Estados Unidos. Y esa es una de las críticas centrales que han hecho especialistas y sociedades científicas.

El médico especialista en enfermedades infecciosas Jake Scott recuerda precisamente que Dinamarca cuenta con un sistema sanitario universal y con registros centralizados que permiten un seguimiento mucho más homogéneo de la población, algo muy distinto al sistema fragmentado estadounidense.

La controversia no está solo en qué cambia, sino en cómo se ha hecho

Otra parte importante de la discusión está en el procedimiento.

Tradicionalmente, los grandes cambios en el calendario de vacunación infantil de Estados Unidos se han canalizado a través del comité asesor de vacunas de los CDC (ACIP), con revisión pública de evidencia y votaciones técnicas. En esta ocasión, el cambio se presenta como una decisión política y administrativa respaldada por un informe comparativo y un memorándum firmado por altos cargos federales.

La Academia Americana de Pediatría ya ha advertido de que seguirá manteniendo sus propias recomendaciones.

Hemos consultado a Jaime Pérez, médico especialista en Medicina Preventiva y presidente de la Asociación Española de Vacunología, quien considera que la decisión de la Administración estadounidense va en una dirección preocupante para la salud pública. “Es un paso más en el claro camino antivacunas y anticiencia del Señor Kennedy”, señala. A su juicio, este tipo de mensajes contribuyen a “sembrar la duda y la confusión en la población” y pueden tener consecuencias en enfermedades ya controladas: “Evidentemente repercutirá en enfermedades controladas, lo estamos viendo con el sarampión y esperemos no volverlo a ver con la polio”.

Qué conviene tener claro

A día de hoy, lo más importante es separar tres ideas que se están mezclando en el debate público.

La primera: Estados Unidos no ha prohibido ni retirado del mercado estas vacunas. La segunda: sí ha reducido el número de vacunas recomendadas de forma universal para todos los niños, y eso supone un cambio relevante de política sanitaria. Y la tercera: ese cambio no se apoya en un hallazgo nuevo que demuestre que esas vacunas hayan dejado de ser seguras, sino en una reinterpretación política y comparativa sobre qué debe recomendarse a toda la población infantil.

Ese último punto es especialmente importante, porque buena parte de la conversación pública se está contaminando con viejas narrativas ya desacreditadas, como la supuesta relación entre vacunas y autismo (que ya hemos verificado en ocasiones anteriores). Jaime Pérez lo resume así: “La insidia constante en relacionar vacunas y autismo, algo ya totalmente descartado”. Su mensaje final, en ese sentido, es claro: “La ciencia es clara” y “las vacunas son seguras y nos protegen”.

Los cambios aprobados por las autoridades sanitarias de Estados Unidos no suponen la retirada de vacunas del sistema, pero sí modifican de forma relevante cuáles pasan a estar recomendadas de manera universal en la infancia y cuáles quedan vinculadas a grupos de riesgo o a decisión clínica compartida. La reforma reordena el papel que varias inmunizaciones tenían hasta ahora dentro de la prevención infantil y abre una nueva etapa en la política vacunal estadounidense, con posibles efectos en la práctica clínica, la cobertura y la percepción pública.

Referencias:

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