Una publicación en Instagram relaciona las vacunas con el autismo al comparar cifras de diagnósticos de 1960 y 2025 (y número de vacunas): ¿qué hay de cierto?

Una imagen viral establece una relación engañosa entre el número de vacunas infantiles y el aumento del autismo.

LO QUE SE AFIRMA

El aumento de diagnósticos de autismo en niños coincide con la expansión del calendario vacunal, lo que indica una relación.

LO QUE SABEMOS HASTA AHORA

Engañoso La ciencia ha demostrado que no existe vínculo entre vacunas y autismo; el aumento de diagnósticos responde a mejores herramientas de detección y criterios más amplios.

Una publicación en Instagram relaciona las vacunas con el autismo al comparar cifras de diagnósticos de 1960 y 2025 (y número de vacunas)

El 1 de noviembre de 2025, una cuenta en Instagram publicó una imagen viral en Instagram que compara el número de diagnósticos de autismo en 1960 y 2025, relacionándolo con la cantidad de vacunas infantiles administradas. Según la imagen, en 1960 había 1 caso de autismo por cada 2.500 niños, con solo 5 vacunas; mientras que en 2025 se reportan 83 casos por cada 2.500, con “más de 20 vacunas”. El mensaje sugiere, de forma implícita, que las vacunas son la causa del aumento.

La publicación incluye afirmaciones alarmistas como “la Big Pharma oculta un veneno silencioso” o “todos hemos sido engañados”, apelando a la desconfianza y al miedo. Aunque visualmente efectiva, la afirmación es falsa y contradice décadas de evidencia científica sólida.

El aumento de diagnósticos de autismo en las últimas décadas no es consecuencia de una “epidemia” causada por agentes externos, como las vacunas, sino de cambios profundos en cómo entendemos, definimos y diagnosticamos el trastorno. Un reciente estudio publicado en Autism Research muestra que el crecimiento en los diagnósticos se concentra en los casos más leves, mientras que los casos severos se mantienen estables desde hace años. Ese patrón refuerza que no se trata de un aumento real en la prevalencia del autismo, sino de una expansión en los criterios diagnósticos, acompañada por un mayor acceso a evaluaciones, campañas de detección precoz y una creciente concienciación social.

Jeffrey S. Morris, profesor de bioestadística y director del área en la Universidad de Pensilvania, destacó un artículo reciente publicado en JAMA Psychiatry como clave para interpretar correctamente el aumento de diagnósticos de autismo. En un análisis que compartió a través de su cuenta de X, Morris explicó que, aunque los casos han crecido en número, los síntomas entre los nuevos diagnosticados son, en promedio, más leves que en el pasado. En otras palabras, muchos de los niños actualmente identificados con autismo muestran rasgos mucho más cercanos al desarrollo neurotípico que antes.

Este fenómeno ha sido ampliamente documentado por los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC). En su informe de 2025, publicado en Morbidity and Mortality Weekly Report, se señala que los diagnósticos se realizan cada vez a edades más tempranas y en comunidades antes infradiagnosticadas. Se han reducido barreras sociales, culturales y económicas que, en el pasado, impedían detectar muchos casos. De ahí que ahora se identifiquen más niños, especialmente aquellos con síntomas más sutiles.

A nivel científico, la relación entre vacunas y autismo ha sido estudiada en profundidad durante más de dos décadas. Un estudio danés de 2002, con más de 500.000 niños, ya descartó cualquier vínculo entre la vacuna triple vírica (MMR) y el autismo. Otro estudio similar, publicado en 2019, analizó a más de 650.000 niños y llegó a la misma conclusión. En 2014, un metaanálisis basado en datos de más de 1,2 millones de niños confirmó que las vacunas no aumentan el riesgo de autismo. Investigaciones en Reino Unido, California (2001)Atlanta (2001)Japón (2005), y otros de 2007 también lo han descartado.

Una revisión de la Colaboración Cochrane de 2020, que analizó 138 estudios con datos de más de 23 millones de niños, reafirmó que no existe evidencia de que la vacunación infantil, incluyendo la triple vírica, tenga relación alguna con el autismo. Incluso el aluminio, un adyuvante vacunal común, fue evaluado en un estudio danés publicado en 2025 que analizó datos de 1,2 millones de niños y no encontró asociación entre la cantidad de aluminio recibida y el desarrollo de autismo u otros trastornos neurológicos.

Frente a estas evidencias, la idea de que las vacunas provocan autismo no solo es falsa, sino peligrosa. Ignora, además, el creciente conocimiento sobre las verdaderas causas del autismo. Investigaciones recientes han identificado más de un centenar de genes relacionados con el riesgo de desarrollo de autismo, la mayoría de ellos expresados en fases tempranas del desarrollo prenatal. Un estudio de 2024 publicado en Nature reveló cómo ciertas alteraciones proteicas durante el desarrollo embrionario podrían explicar casos de autismo idiopático, reforzando la hipótesis de un origen principalmente genético y prenatal.

En una ocasión anterior consultamos al Dr. Peter Hotez, experto en vacunología y salud pública, quien fue claro: “No existe ningún mecanismo biológico plausible que relacione las vacunas con el autismo”. Según sus palabras, el autismo se produce por procesos que tienen lugar antes del nacimiento, y no está causado por ningún componente vacunal.

La imagen viral tampoco menciona que el conservante tiomersal, señalado durante años de forma infundada, fue eliminado de las vacunas infantiles hace más de dos décadas en EE.UU. y Europa, sin que eso se tradujera en una disminución de los casos de autismo. Según explicó en una verificación anterior Jaime Pérez, médico especialista en Medicina Preventiva y presidente de la Asociación Española de Vacunología, la eliminación progresiva del tiomersal en las vacunas pediátricas no respondió a evidencias científicas sobre riesgos, sino a una estrategia de precaución ante la inquietud generada en parte de la población. Pérez subrayó que, en el caso de España, este conservante no se utiliza desde hace más de una década, ya que las vacunas tradicionales no se administran en formato multidosis desde la pandemia de gripe de 2009. “El tiomersal es seguro, y no existe ninguna prueba científica que lo vincule al autismo”, remarcó, insistiendo en que su retirada respondió más al objetivo de evitar alarmas infundadas que a una necesidad médica real.

Lo que esta publicación ignora, además, es que las vacunas han sido responsables de una reducción sin precedentes de enfermedades infantiles potencialmente mortales. Desincentivar su uso a través de afirmaciones falsas puede tener consecuencias graves en la salud pública.

Es falso que el aumento en los diagnósticos de autismo se deba al incremento de vacunas infantiles. Décadas de estudios científicos con millones de niños han descartado esa relación. El aumento obedece a cambios diagnósticos, mayor conciencia y mejor acceso a servicios.

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