Publicaciones virales en redes sociales tergiversan un estudio de Corea del Sur para afirmar, sin base científica, que las vacunas contra la COVID-19 causan cáncer

Varias publicaciones virales que circulan en X afirman que las vacunas contra la COVID-19 provocan cáncer, basándose en un estudio surcoreano. Pero el artículo citado no prueba esa relación: se trata de un análisis observacional con importantes sesgos y una interpretación errónea de los resultados.

LO QUE SE AFIRMA

"Las vacunas contra la COVID-19 provocan cáncer, según confirma un estudio científico surcoreano."

LO QUE SABEMOS HASTA AHORA

Engañoso

Falta contexto Un análisis estadístico en Corea del Sur detectó una correlación entre vacunación y ciertos diagnósticos de cáncer, pero no demostró una relación causal, y presenta importantes limitaciones metodológicas.

Publicaciones virales en redes sociales tergiversan un estudio surcoreano para afirmar, sin base científica, que las vacunas contra la COVID-19 causan cáncer

Una publicación en X (antes Twitter) que alcanzó las más de 19 mil visualizaciones asegura que las vacunas contra la COVID-19 “aumentan significativamente el riesgo de seis tipos de cáncer” en el plazo de un año. La afirmación, que enlaza a un estudio realizado en Corea del Sur y publicado en la revista Biomarker Research, ha sido compartida por cuentas con miles de seguidores, como «The Vigilant Fox», y recogida por figuras conocidas por difundir desinformación sobre vacunas, como el youtuber John Campbell o el epidemiólogo Nicolas Hulscher, conocido por participar en un análisis desacreditado que vinculaba erróneamente la mayoría de las muertes entre personas vacunadas con la propia vacuna. Incluso la organización contraria a las vacunas Children’s Health Defense difundió un artículo con el título “Todas las vacunas contra la COVID-19 incrementan el riesgo de cáncer”.

El mensaje afirma que, según un estudio con más de 8 millones de personas, las vacunas aumentan el riesgo de desarrollar cáncer de tiroides, estómago, colon, pulmón, mama y próstata. Además, subraya que las vacunas de tipo ARN mensajero estarían específicamente relacionadas con algunos de estos cánceres. Sin embargo, el propio artículo no afirma que exista una relación causal entre las vacunas y la aparición de cáncer, y presenta varios problemas metodológicos que impiden sostener esa conclusión.

Qué dice realmente el artículo

El artículo al que hace referencia la publicación es una carta al editor, no un ensayo clínico ni un estudio revisado de forma estándar por pares. Publicado el 26 de septiembre de 2025, sus autores analizaron registros médicos para identificar casos de cáncer diagnosticados en distintos intervalos tras la vacunación contra la COVID-19, concretamente al cabo de uno, tres, seis, nueve y doce meses. Esta metodología se encuadra dentro de los estudios de cohorte retrospectivos, que observan eventos de salud en poblaciones expuestas a determinados factores a lo largo del tiempo. Concretamente, la muestra analizada incluyó cerca de 2,3 millones de personas vacunadas y unas 595.000 no vacunadas.

En el proceso de análisis estadístico, se tuvieron en cuenta variables como edad, sexo, condiciones de salud previas, nivel socioeconómico aproximado a través del tipo de seguro médico, y factores de riesgo vinculados a la COVID-19. Estas variables, conocidas como factores de confusión, son cruciales porque pueden alterar los resultados si no se controlan adecuadamente, dado que influyen en el riesgo de desarrollar enfermedades independientemente de la exposición al factor investigado, en este caso, la vacuna.

En cuanto a los tipos de vacuna, una amplia mayoría de las personas vacunadas había recibido dosis de la vacuna de ARNm de Pfizer-BioNTech en su primera y segunda aplicación. El resto recibió vacunas basadas en vectores virales, probablemente de AstraZeneca o Janssen, autorizadas en Corea del Sur durante el periodo del estudio. Asimismo, aproximadamente el 62 % de los vacunados recibió una dosis de refuerzo, casi siempre también de tipo ARNm.

La investigación observa que ciertos tipos de cáncer fueron diagnosticados con mayor frecuencia en personas vacunadas en comparación con las no vacunadas.

Pero observar una asociación no significa que exista una relación de causa y efecto, un principio fundamental en epidemiología. Las diferencias detectadas podrían deberse a otros factores, como el mayor acceso al sistema de salud o la frecuencia de controles médicos entre personas vacunadas, lo que incrementa las probabilidades de detección temprana de enfermedades.

Problemas metodológicos

Uno de los sesgos más relevantes del estudio es el llamado sesgo de tiempo inmortal. Este ocurre cuando los grupos comparados no se observan durante los mismos periodos de tiempo. En este caso, las personas vacunadas fueron seguidas desde la fecha de su vacunación, mientras que los no vacunados se registraron a partir del 1 de enero de 2022. Esto excluye del análisis a personas no vacunadas que pudieron haber desarrollado cáncer antes de esa fecha, inflando artificialmente el número de diagnósticos en el grupo vacunado.

También se identificó un posible sesgo de vigilancia: las personas vacunadas tienden a acudir más al médico, por lo que sus enfermedades se detectan antes o con mayor frecuencia. Este fenómeno está ampliamente documentado y puede explicar por qué ciertos diagnósticos aparecen más en un grupo que en otro, sin que eso implique mayor riesgo real.

A esto se suma el hecho de que la mayoría de los cánceres sólidos tienen largos periodos de latencia, de entre 5 y 10 años. Resulta muy poco probable, desde el punto de vista biológico, que un cáncer pueda desarrollarse por completo en el plazo de un año tras la vacunación. El propio estudio reconoce esta limitación en sus materiales suplementarios.

Aviso editorial y falta de correcciones estadísticas

El 22 de octubre de 2025, la revista Biomarker Research incluyó un aviso editorial sobre el estudio, alertando a los lectores de que “se han planteado inquietudes” respecto a la investigación y que “se tomarán medidas editoriales pertinentes una vez completada la revisión”. Esta advertencia pone en entredicho la fiabilidad del artículo como prueba concluyente.

Otro punto débil es la ausencia de corrección por comparaciones múltiples en los análisis estadísticos. Cuando se realizan muchas pruebas estadísticas sobre un mismo conjunto de datos —como en este estudio, que analizó el riesgo de hasta 29 tipos de cáncer— aumenta la probabilidad de obtener resultados significativos por azar.

Como hemos comentado en verificaciones anteriores, no hay evidencia científica que respalde que las vacunas contra la COVID-19 puedan causar cáncer. Las vacunas de ARNm, como las de Pfizer-BioNTech, funcionan enseñando al cuerpo a reconocer el virus mediante una proteína (la espícula), pero no alteran el ADN ni generan mutaciones.

Algunos autores del estudio comparan esta proteína con la de ciertos virus que sí están relacionados con el cáncer, como el VPH o el Epstein-Barr. Sin embargo, no existe un mecanismo biológico probado que vincule la proteína del SARS-CoV-2 o las vacunas que la contienen con el desarrollo de tumores.

Además, si realmente existiera ese riesgo, ya se habría detectado un aumento inusual de cánceres en la población general tras la pandemia. Eso no ha ocurrido, al menos según los datos disponibles en países como Corea del Sur.

Además, sabemos que el cáncer suele tardar varios años en desarrollarse. Con excepción de los cánceres de la sangre, la mayoría presentan un período largo de latencia que oscila entre cinco y diez años. Y esto es algo que reconocen los propios autores en el «material suplementario», pero no en el texto principal del artículo: “Además, como la mayoría de los tumores sólidos requieren más de un año para desarrollarse, nuestro período de seguimiento de un año es relativamente corto para evaluar la incidencia del cáncer y no se puede excluir la posibilidad de causalidad inversa o sesgo de vigilancia”.

Conclusión

El estudio surcoreano citado en redes muestra una asociación estadística entre vacunación contra la COVID-19 y ciertos diagnósticos de cáncer a un año, pero no demuestra que las vacunas provoquen cáncer. La afirmación viral en redes es engañosa: omite las limitaciones del estudio, ignora los sesgos reconocidos por los propios autores y saca conclusiones causales donde solo hay correlaciones preliminares. Además, se basa en un artículo cuya validez está actualmente bajo revisión editorial. Y carece del contexto necesario para interpretar adecuadamente sus resultados y limitaciones.

Para afirmar que una vacuna causa cáncer se necesita evidencia acumulada y robusta, con estudios de seguimiento a largo plazo, controles adecuados y revisión metodológica rigurosa. Ninguna de esas condiciones se cumple en este caso.

Referencias:

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