Donald Trump vuelve a difundir afirmaciones falsas y engañosas sobre las vacunas infantiles al impulsar cambios en el calendario de vacunación infantil de Estados Unidos

Donald Trump, junto a Robert F. Kennedy Jr. (actual Secretario de Salud de Estados Unidos), ha defendido cambios en el calendario de vacunación infantil de Estados Unidos con afirmaciones engañosas sobre «72 pinchazos», comparaciones con Europa y alusiones a una relación entre las vacunas y el autismo que décadas de estudios científicos no respaldan.

LO QUE SE AFIRMA

"Las vacunas infantiles o la vacuna MMR causan autismo."

LO QUE SABEMOS HASTA AHORA

Falso Décadas de investigaciones, incluidos estudios con millones de niños, no han encontrado una relación causal entre las vacunas y el autismo.

LO QUE SE AFIRMA

"El Gobierno federal de Estados Unidos obligaba a todos los niños a recibir 72 pinchazos."

LO QUE SABEMOS HASTA AHORA

Falso La cifra procede de sumar determinadas dosis recomendadas durante la infancia y la adolescencia, pero no equivale a 72 inyecciones obligatorias ni existía un mandato federal que las exigiera.

LO QUE SE AFIRMA

"Estados Unidos administraba muchas más vacunas infantiles que los países europeos."

LO QUE SABEMOS HASTA AHORA

Engañoso La comparación enfrenta cifras calculadas con criterios diferentes y no aclara las diferencias entre dosis, inyecciones, vacunas combinadas o enfermedades cubiertas. El calendario estadounidense era similar al de numerosos países europeos si se comparan las enfermedades frente a las que se recomendaba vacunar.

LO QUE SE AFIRMA

"Separar la vacuna MMR o espaciar más las vacunas hace que sean más seguras."

LO QUE SABEMOS HASTA AHORA

Sin evidencia La evidencia disponible respalda la seguridad de la vacuna combinada MMR (tripe vírica) y no demuestra que separar sus componentes o retrasar innecesariamente las dosis haga la vacunación más segura.

Donald Trump vuelve a difundir afirmaciones falsas y engañosas sobre las vacunas infantiles al impulsar cambios en el calendario de vacunación infantil de Estados Unidos

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha vuelto a poner las vacunas infantiles en el centro del debate tras firmar el 10 de agosto una orden ejecutiva que propone modificar las recomendaciones de vacunación del país.

Durante la presentación de la medida, Trump aseguró que «Estados Unidos recomendaba más vacunas infantiles que cualquier otro país comparable», «incluso el doble de dosis que algunos países europeos. Y aún más, en muchos casos, requeríamos 72 dosis para nuestros hermosos, sanos, adorables y delicados niños». Además, volvió a sugerir una relación entre el aumento de las vacunas y el autismo. También cuestionó la administración conjunta de la vacuna contra el sarampión, las paperas y la rubéola (MMR o triple vírica).

De hecho, ese mismo día, la cuenta oficial de la Casa Blanca en X recuperó una imagen (archivada aquí) que ya había difundido en enero (archivado aquí). El gráfico sostenía que, antes del segundo mandato de Trump, el calendario estadounidense contemplaba «72 inyecciones» para los menores, frente a solo 11 en un país europeo que no identificaba. La comparación resulta engañosa porque contrapone cifras calculadas con criterios distintos y presenta las recomendaciones de vacunación como si todas correspondieran a inyecciones obligatorias.

Las afirmaciones mezclan datos sobre dosis recomendadas con supuestas obligaciones y contradicen la evidencia científica disponible sobre vacunas y autismo.

La orden establece como recomendación general para todos los niños la vacunación frente a 11 enfermedades: sarampión, paperas, rubéola, difteria, tétanos, tosferina, poliomielitis, Haemophilus influenzae tipo b, enfermedad neumocócica, virus del papiloma humano (VPH) y varicela.

Esto no significa que el resto de las inmunizaciones desaparezcan. La orden crea otras dos categorías: una para determinados grupos o poblaciones de riesgo —que incluye, entre otras, hepatitis A y B, meningococo y dengue— y otra basada en la decisión clínica compartida, en la que figuran hepatitis A y B, rotavirus, enfermedad meningocócica, gripe y COVID-19.

El texto también establece que la vacuna combinada contra el sarampión, las paperas y la rubéola (MMR) debería administrarse mediante tres vacunas individuales cuando estos productos estén disponibles en Estados Unidos, aunque al mismo tiempo ordena garantizar la continuidad de las vacunas combinadas. Además, plantea que, en la medida de lo posible, las inmunizaciones infantiles se administren en visitas médicas separadas.

La orden no modifica automáticamente los requisitos de vacunación escolar de cada estado. Insta a los estados y territorios a revisar sus leyes y regulaciones y a considerar su adaptación a las nuevas recomendaciones. También encomienda al Gobierno federal actuaciones destinadas a reforzar la elección parental y las exenciones religiosas y médicas dentro de los límites establecidos por la legislación.

Por último, encarga al secretario de Salud que, a través del HHS Task Force on Safer Childhood Vaccines, presente en un plazo de 90 días planes sobre el momento y la secuencia de las vacunas, posibles alternativas a los adyuvantes de aluminio, estudios comparativos de seguridad y eficacia y mejoras en la vigilancia de la seguridad de las vacunas.

La decisión ha provocado críticas de organizaciones médicas estadounidenses y de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que defienden que los calendarios de vacunación deben determinarse a partir de la evidencia científica y de las circunstancias epidemiológicas de cada país.

Estados Unidos no obliga a todos los niños a recibir 72 inyecciones

La afirmación de que Estados Unidos exigía «72 pinchazos» confunde dos conceptos diferentes: una recomendación sanitaria y una obligación legal.

Antes de los cambios impulsados por la Administración Trump, el calendario de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) incluía vacunación rutinaria frente a 17 enfermedades. Eso no significaba que el Gobierno federal obligara a cada menor a recibir todas esas dosis.

Los requisitos para asistir a colegios y guarderías son establecidos principalmente por los estados. Además, existen exenciones en determinadas circunstancias.

El número 72 tampoco representa necesariamente 72 inyecciones. Según explica la Escuela de Salud Pública de Yale, algunas vacunas protegen frente a varias enfermedades mediante una única inyección y otras pueden administrarse por vía oral.

Para alcanzar cifras en torno a 70 dosis es necesario utilizar una forma concreta de contabilizar el calendario hasta los 18 años, incluyendo, entre otras, dosis anuales de vacunas como las de la gripe y la COVID-19. No equivale a decir que todos los niños estadounidenses estuvieran obligados a recibir 72 inyecciones. Por tanto, tales afirmaciones son engañosas.

Por otro lado, la comparación con Europa utilizada para defender que Estados Unidos vacunaba mucho más que países equivalentes también necesita contexto.

Si se compara el número de enfermedades frente a las que se recomendaba protección y no una selección extrema del número de dosis, el calendario estadounidense era más parecido al de numerosos países europeos. Con las 11 vacunas universalmente recomendadas que plantea la nueva orden, Estados Unidos se situaría en la parte baja de los países comparables analizados por el Departamento de Salud estadounidense; de esos 20 países, únicamente Dinamarca tenía menos vacunas recomendadas universalmente.

La evidencia no relaciona las vacunas con el autismo

Trump también vinculó indirectamente el crecimiento del calendario de vacunación con el aumento de los diagnósticos de autismo.

No existe evidencia científica que demuestre esa relación, tal y como hemos verificado en ocasiones anteriores.

La asociación entre vacunas y autismo ha sido investigada durante décadas mediante estudios con grandes poblaciones, análisis de la vacuna triple vírica, investigaciones sobre componentes de las vacunas y evaluaciones del calendario de inmunización. Y no han encontrado que las vacunas causen autismo.

Una investigación publicada recientemente, que analizó datos de más de 2,5 millones de niños estadounidenses, tampoco encontró asociación entre recibir la primera vacuna triple vírica antes de los dos años y el autismo infantil. En este sentido, estudios anteriores han llegado a la misma conclusión.

El incremento observado en los diagnósticos tampoco puede utilizarse por sí mismo como prueba de que haya aparecido una nueva causa ambiental, como ya analizamos en una ocasión anterior.

Los especialistas señalan que una parte importante del aumento de la prevalencia registrada está relacionada con cambios en los criterios diagnósticos, una mayor concienciación, mejores sistemas de detección y un reconocimiento más amplio del espectro autista. Es más, gran parte de la investigación actual apunta a una fuerte influencia genética en la aparición del autismo, combinada con factores demográficos como la edad avanzada de los padres o el nacimiento prematuro, cuya incidencia también ha aumentado con el tiempo. Por ejemplo, se han detectado más de cien genes asociados al trastorno, muchos de los cuales se activan durante las primeras etapas del desarrollo fetal. Un estudio publicado en Nature en 2024 mostró que ciertas disrupciones en proteínas clave durante el embarazo podrían estar detrás de casos de autismo sin causa conocida, lo que refuerza la idea de un origen prenatal con fuerte componente genético.

Por eso tampoco resulta adecuado comparar directamente estimaciones realizadas hace más de medio siglo con las actuales como si se hubieran obtenido utilizando los mismos métodos.

Tampoco hay evidencia de que separar la triple vírica sea más seguro

La orden ejecutiva propone avanzar hacia vacunas individuales contra el sarampión, las paperas y la rubéola en lugar de administrarlas conjuntamente mediante la MMR.

Trump afirmó durante la presentación que administradas juntas podría existir la posibilidad de que fueran «quite lethal», mientras que por separado serían efectivas y no tendrían ese problema.

La evidencia disponible no respalda esa afirmación.

Décadas de investigación respaldan la seguridad de la vacuna triple vírica combinada. La Academia Estadounidense de Pediatría (AAP) señala además que las vacunas individuales contra esas tres enfermedades dejaron de estar disponibles en Estados Unidos después de que su producción se retirara progresivamente en 2009.

Separarlas implicaría también aumentar el número de inyecciones y visitas médicas, algo especialmente relevante porque la Administración ha utilizado precisamente el elevado número de supuestos «pinchazos» como argumento para modificar el calendario.

La OMS se pronunció el 12 de agosto sobre los cambios estadounidenses y recordó que la evidencia determina cuándo los menores son más vulnerables, cuándo las vacunas proporcionan mayor protección y qué vacunas pueden administrarse juntas con seguridad.

«Retrasar las vacunas o separar las dosis innecesariamente no hace que la vacunación sea más segura y puede dejar a los niños desprotegidos», señaló la organización. Es decir, retrasar vacunas o separar innecesariamente las dosis no aumenta su seguridad y puede dejar a los niños sin protección.

La OMS también fue explícita sobre la controversia del autismo: la evidencia disponible muestra que las vacunas, incluida la triple vírica, son seguras y no causan autismo.

El senador republicano Bill Cassidy, médico y cuyo voto fue determinante para la confirmación de Robert F. Kennedy Jr. como secretario de Salud, también cuestionó la medida. En una publicación en X, advirtió de que la iniciativa presidencial podría alimentar las dudas sobre la vacunación y reducir la protección de los menores, ya que «aumentaría la reticencia y pondría en peligro la seguridad de los niños». Afirmó, además, que «el presidente no tiene la experiencia necesaria para realizar estos cambios. Las vacunas son sumamente seguras. Las vacunas son efectivas. Las vacunas NO causan autismo».

Jake Scott, profesor clínico asociado de enfermedades infecciosas de la Universidad de Stanford, también cuestionó en un artículo publicado el 11 de agosto por CIDRAP la lógica de separar la triple vírica. Scott explica que el propio recuento utilizado por la Administración ya contabiliza por separado cada enfermedad cubierta por una vacuna combinada, de modo que una inyección de la vacuna triple vírica cuenta como tres dosis: sarampión, paperas y rubéola. Por eso, dividir la pauta en vacunas individuales no reduciría el número de dosis contabilizadas, pero sí aumentaría el número de inyecciones: las dos dosis habituales de la triple vírica pasarían de dos pinchazos a seis. El especialista también recuerda que las vacunas individuales contra sarampión, paperas y rubéola no están actualmente disponibles en Estados Unidos, por lo que cualquier cambio en ese sentido dependería de que esos productos volvieran a desarrollarse y autorizarse. Mientras que, en su cuenta de X, recalcó que «esta orden ejecutiva hace que vacunar a un niño sea más difícil en todas las direcciones a la vez, y no cita ningún ensayo, ninguna señal de seguridad ni ningún conjunto de datos para hacerlo».

Las principales organizaciones médicas estadounidenses cuestionan los cambios

La Academia Americana de Pediatría mantiene para 2026 sus propias recomendaciones de inmunización frente a 18 enfermedades. Su presidente, Andrew D. Racine, afirmó tras conocerse la orden que «no existen nuevas pruebas que justifiquen cambios significativos en las directrices de vacunación infantil».

La AAP sostiene que decenas de estudios realizados con millones de personas no han encontrado una relación entre vacunas y autismo y considera que modificar las recomendaciones en sentido contrario no está respaldado por nuevas pruebas científicas.

La Asociación Médica Americana (AMA), por otro lado, también se ha pronunciado en términos similares.

Su presidente, Willie Underwood III, afirmó que las decisiones sobre cuándo y cómo administrar vacunas deben basarse en evidencia científica rigurosa, seguridad del paciente y conocimiento médico y de salud pública independiente.

La AMA advierte de que cambiar un calendario establecido sin pruebas científicas suficientes puede reducir la confianza de la población y aumentar los riesgos para la salud infantil.

El debate se produce, además, mientras Estados Unidos registra su mayor número de casos de sarampión en 35 años.

¿Significa esto que todos los países deben tener el mismo calendario?

No. Las diferencias entre calendarios nacionales no constituyen por sí mismas una prueba de que uno sea más seguro que otro.

La propia OMS explica que las recomendaciones internacionales sirven de referencia, pero los expertos nacionales deben considerar la circulación local de enfermedades, las características de la población y el funcionamiento de cada sistema sanitario.

Por eso comparar únicamente el número bruto de dosis administradas en dos países puede producir una imagen distorsionada.

Un país puede utilizar vacunas combinadas, recomendar dosis en edades distintas o enfrentarse a riesgos epidemiológicos diferentes. Para realizar una comparación válida hay que analizar qué enfermedades se pretende prevenir, a qué población se dirige cada vacuna y bajo qué circunstancias se recomienda.

Veredicto: las afirmaciones son falsas y engañosas

Es falso que exista evidencia científica que demuestre que las vacunas infantiles o la vacuna triple vírica causen autismo. Estudios realizados durante décadas, incluidos análisis con millones de niños, no han encontrado esa relación.

También es falsa la afirmación de que el Gobierno federal estadounidense exigiera «72 pinchazos» a todos los niños. La cifra procede de una forma particular de sumar dosis recomendadas durante toda la infancia y adolescencia y no equivale ni a 72 inyecciones necesariamente ni a 72 vacunas obligatorias.

La comparación con Europa es engañosa cuando enfrenta el máximo número posible de dosis contabilizadas en Estados Unidos con países europeos seleccionados por administrar muchas menos, sin explicar las diferencias entre dosis, inyecciones, enfermedades cubiertas y obligaciones legales.

Finalmente, tampoco hay evidencia de que dividir la vacuna triple vírica o espaciar innecesariamente las vacunas haga más segura la inmunización infantil. La OMS, la AAP y la AMA han cuestionado estos cambios y sostienen que las recomendaciones deben fundamentarse en la evidencia científica disponible.

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